
Andrea siempre me pregunta por sus pechos. Desde que la conozco ese ha sido el tema de conversación más recurrente entre nosotros, cualquier cosa le sirve de pretexto para desembocar en su obsesión; basta con que aparezca en su campo visual cualquier objeto esférico de medianas proporciones para que empiece ese interrogatorio tantas veces repetido porque al verdugo no le satisfacen las respuestas que da su víctima, yo, que me esfuerzo por no mirarlos, por hacer como si no estuvieran ahí, a veinte centímetros de su esternón, apuntándome con su pezón acusador.
__—¿No crees que son muy grandes?
__No, le respondo, están bien, son perfectos, de buen tamaño y me callo lo demás; que mis manos también son grandes, tan grandes que puedo sostener un balón de fútbol con facilidad, que en la escuela me decían El manotas y que mis pies también son enormes, aunque esto no tenga nada que ver. O quizá sí.
__—¿Ella también calza grande y le es difícil encontrar zapatos de su medida. A veces recorremos las zapaterías del centro buscando un par, pero siempre ha de fijarse en aquellos hechos para geishas. Eso la deprime mucho y llora sobre mi hombro, su cuerpo perpendicular al mío.
__—¿Por eso somos amigos, porque no miro sus pechos y puede hablarme de ellos, preguntarme si son enormes con la total certeza que contestaré que no sin despegar mis ojos de su cara, mis ojos de sus ojos, que no recuerdo si son cafés o negros, o quizá grises.
__—¿Hablamos de cualquier cosa, jugamos a ponernos apodos, cosa fácil para ella porque soy un arsenal de defectos que le acompaña a todas partes, de preferencia delante de ella y cerca, muy cerca, pero no lo suficiente para sentir algo en mis omoplatos. Soy el holgazán, el joronche, el miope, el casi sordo y el despistado, casi siempre el despistado que se anda tropezando con todo, chocando con todo. Soy eso, una de esas cosas andando delante de ella con las manos inútilmente a la espalda. Yo tengo que buscarle defectos, defectos que no tiene o que no alcanzo a ver, inventar cualquier cosa porque si me quedo callado ella cree que se debe a que estoy pensando en el único defecto que la tiene acomplejada porque es endiabladamente visible aunque no sea palpable, no para mí. Le digo piernas charritas, piernas chuecas, piernas de pollo, nariz de moño o cualquier otra tontería que se me ocurre al instante en que ella deja de describirme y pregunta “yo que soy”, “yo que tengo”.
__—¿— Tú eres niño que no trabaja, así, como nombre apache, hao “niño que no trabaja”.
__—¿Así me dijo un día que pasó a buscarme a la casa, donde se suponía que debería estar yo escribiendo esa novela que tantas veces le he platicado pero de la que no llevo ni una sola página. Me encontró jugando baloncesto con los amigos del barrio, cuyos ojos se volvieron moscas gravitando en torno a ese par de frutas a punto de salirse de la bolsa del mandado, a punto de saltar al vacío y rebotar una, dos, tres veces, cada vez más alto con cada bote hasta entrar a la canasta y quebrar el tablero como en los juegos de la televisión, aunque en la cancha de nuestro barrio es de metal.
__—¿— ¿Y yo que soy, eh? ¿Cuál es mi nombre apache?
__—¿Preguntó más tarde, sin venir a cuento, más de tres horas después de sacarme de la cancha y llevarme al centro de la ciudad porque necesitaba zapatos nuevos. Tomábamos una michelada en un bar cercano a la zona zapatera, tan quitados de la pena, hablando sobre el calor y lo difícil que es para una mujer con pies grandes encontrar zapatos de su medida. Entonces me suelta esa pregunta justo cuando yo, con la copa en mi mano derecha y el popote en los labios, sorbía con placer aquel líquido amargo y delicioso; me preguntó y yo me atraganté y entre que tosía y tomaba y tratada de pensar, dije o dos o tres veces, “niña qué...”, “niña qué...” sin que se me ocurriera nada para completar la frase antes de que transcurriera el período ventana en el que aún podía evitar la catástrofe.
__—¿— Dilo ya, seguro que lo estás pensando, dilo, “niña de las montañas”, como Heidi.
__—¿Dijo esto, se levantó y se fue sin que pudiera ir tras ella. Los empleados del bar miraban hacia mi mesa, me miraban a mí y no podía levantarme para seguirla; sucede que el bulto en el bolsillo de mi pantalón no era sino un ato de papeles, de esos en los que apunto las cosas que se me ocurren y nunca paso a un cuaderno o a la computadora y ahí los traigo, como un intento de paliar mi mala memoria aunque de poco sirve porque la pereza me impide trabajarlos. No traía, pues, un solo peso en la bolsa y los empleados me miraban casi con odio, como si creyeran que yo era el beneficiario de tanto desarrollo y no, como lo era, su víctima, su esclavo que con el sombrero en las manos no se atreve a mirar a su amo a los ojos, aunque en mi caso sólo debía mirar allí, a los ojos de Andrea, que no recuerdo si son grandes o pequeños, o rasgados, o si uno es más pequeño que el otro.
__—¿Ellos me miraban con ojos de cuchillo y me temía que de hacer el ademán de levantarme y salir tras Andrea encontrarían el motivo que les hacía falta para madrearme, diciéndole a los curiosos que se acercarían a ver cuántos dientes dejaba embarrados en el pavimento y a los policías que vendrían a meter paz a garrotazos que me madreaban por tratar de escaparme sin pagar la cuenta, aunque tanto ellos como yo supiéramos que en realidad me madreaban por mamón, aunque fuera del popote de la michelada nada de nada, pero esto sólo lo sabía yo y no ellos.
__—¿No me quedaba otra cosa que esperar. Allí me tienen, dos horas, tres horas, tres y media y yo dándole sorbitos a la michelada cada vez más tibia y haciendo durar lo inimaginable el plato de la botana que nos habían regalado junto con las bebidas.
__—¿Me estaba resignando a tener que salir corriendo como si me persiguiera un tipo con una sierra eléctrica, desde el centro hasta mi casa, sin voltear nunca hacia atrás para no volverme de piedra cuando apareció, por fin apareció, como un ángel blanco de cabellos rojos, una aparición celestial sonriente, feliz, con una caja de zapatos dentro de una enorme bolsa blanca. Entró y yo quise arrojarme en su seno y llorar, no sé si mi alegría de verla regresar o mi desgracia copa D, pero quería hacerlo, llorar y llorar hasta vaciarme, hasta quedarme seco, pero los empleados seguían aguijoneándome con sus muecas de envidia, por lo que preferí largarme de ahí lo antes posible, escapar de esos ojos tras de los que sin duda era más infinitamente feliz que dentro de los míos.
__—¿De camino a casa tuve que disculparme por esa grosería que no había dicho y que Andrea no había olvidado a pesar de sus zapatos y sus ganas de enseñármelos. Varias veces repetí lo siento al tiempo que trataba de explicarle que yo no había dicho nada sobre los Alpes, que había dicho “niña que”, “no niña de” pero que de todos modos lo sentía y mucho.
__—¿— ¿Cuál es entonces mi nombre apache?
__—¿“Niña que tarda en encontrar zapatos” o una babosada así. Al despedirnos en la esquina de su casa dijo “Pero lo pensaste, eres un grosero”. y se fue, andando con dificultad en los tacones como agujas de sus zapatos nuevos, que ya llevaba puestos; se fue sin saber que yo pensaba en realidad que si ella supiera lo que yo pensaba, hace tiempo que tendría cuernos, uno o dos, unicornio o toro, no sé, uno o dos cuernos del veintisiete y medio.
__—¿No crees que son muy grandes?
__No, le respondo, están bien, son perfectos, de buen tamaño y me callo lo demás; que mis manos también son grandes, tan grandes que puedo sostener un balón de fútbol con facilidad, que en la escuela me decían El manotas y que mis pies también son enormes, aunque esto no tenga nada que ver. O quizá sí.
__—¿Ella también calza grande y le es difícil encontrar zapatos de su medida. A veces recorremos las zapaterías del centro buscando un par, pero siempre ha de fijarse en aquellos hechos para geishas. Eso la deprime mucho y llora sobre mi hombro, su cuerpo perpendicular al mío.
__—¿Por eso somos amigos, porque no miro sus pechos y puede hablarme de ellos, preguntarme si son enormes con la total certeza que contestaré que no sin despegar mis ojos de su cara, mis ojos de sus ojos, que no recuerdo si son cafés o negros, o quizá grises.
__—¿Hablamos de cualquier cosa, jugamos a ponernos apodos, cosa fácil para ella porque soy un arsenal de defectos que le acompaña a todas partes, de preferencia delante de ella y cerca, muy cerca, pero no lo suficiente para sentir algo en mis omoplatos. Soy el holgazán, el joronche, el miope, el casi sordo y el despistado, casi siempre el despistado que se anda tropezando con todo, chocando con todo. Soy eso, una de esas cosas andando delante de ella con las manos inútilmente a la espalda. Yo tengo que buscarle defectos, defectos que no tiene o que no alcanzo a ver, inventar cualquier cosa porque si me quedo callado ella cree que se debe a que estoy pensando en el único defecto que la tiene acomplejada porque es endiabladamente visible aunque no sea palpable, no para mí. Le digo piernas charritas, piernas chuecas, piernas de pollo, nariz de moño o cualquier otra tontería que se me ocurre al instante en que ella deja de describirme y pregunta “yo que soy”, “yo que tengo”.
__—¿— Tú eres niño que no trabaja, así, como nombre apache, hao “niño que no trabaja”.
__—¿Así me dijo un día que pasó a buscarme a la casa, donde se suponía que debería estar yo escribiendo esa novela que tantas veces le he platicado pero de la que no llevo ni una sola página. Me encontró jugando baloncesto con los amigos del barrio, cuyos ojos se volvieron moscas gravitando en torno a ese par de frutas a punto de salirse de la bolsa del mandado, a punto de saltar al vacío y rebotar una, dos, tres veces, cada vez más alto con cada bote hasta entrar a la canasta y quebrar el tablero como en los juegos de la televisión, aunque en la cancha de nuestro barrio es de metal.
__—¿— ¿Y yo que soy, eh? ¿Cuál es mi nombre apache?
__—¿Preguntó más tarde, sin venir a cuento, más de tres horas después de sacarme de la cancha y llevarme al centro de la ciudad porque necesitaba zapatos nuevos. Tomábamos una michelada en un bar cercano a la zona zapatera, tan quitados de la pena, hablando sobre el calor y lo difícil que es para una mujer con pies grandes encontrar zapatos de su medida. Entonces me suelta esa pregunta justo cuando yo, con la copa en mi mano derecha y el popote en los labios, sorbía con placer aquel líquido amargo y delicioso; me preguntó y yo me atraganté y entre que tosía y tomaba y tratada de pensar, dije o dos o tres veces, “niña qué...”, “niña qué...” sin que se me ocurriera nada para completar la frase antes de que transcurriera el período ventana en el que aún podía evitar la catástrofe.
__—¿— Dilo ya, seguro que lo estás pensando, dilo, “niña de las montañas”, como Heidi.
__—¿Dijo esto, se levantó y se fue sin que pudiera ir tras ella. Los empleados del bar miraban hacia mi mesa, me miraban a mí y no podía levantarme para seguirla; sucede que el bulto en el bolsillo de mi pantalón no era sino un ato de papeles, de esos en los que apunto las cosas que se me ocurren y nunca paso a un cuaderno o a la computadora y ahí los traigo, como un intento de paliar mi mala memoria aunque de poco sirve porque la pereza me impide trabajarlos. No traía, pues, un solo peso en la bolsa y los empleados me miraban casi con odio, como si creyeran que yo era el beneficiario de tanto desarrollo y no, como lo era, su víctima, su esclavo que con el sombrero en las manos no se atreve a mirar a su amo a los ojos, aunque en mi caso sólo debía mirar allí, a los ojos de Andrea, que no recuerdo si son grandes o pequeños, o rasgados, o si uno es más pequeño que el otro.
__—¿Ellos me miraban con ojos de cuchillo y me temía que de hacer el ademán de levantarme y salir tras Andrea encontrarían el motivo que les hacía falta para madrearme, diciéndole a los curiosos que se acercarían a ver cuántos dientes dejaba embarrados en el pavimento y a los policías que vendrían a meter paz a garrotazos que me madreaban por tratar de escaparme sin pagar la cuenta, aunque tanto ellos como yo supiéramos que en realidad me madreaban por mamón, aunque fuera del popote de la michelada nada de nada, pero esto sólo lo sabía yo y no ellos.
__—¿No me quedaba otra cosa que esperar. Allí me tienen, dos horas, tres horas, tres y media y yo dándole sorbitos a la michelada cada vez más tibia y haciendo durar lo inimaginable el plato de la botana que nos habían regalado junto con las bebidas.
__—¿Me estaba resignando a tener que salir corriendo como si me persiguiera un tipo con una sierra eléctrica, desde el centro hasta mi casa, sin voltear nunca hacia atrás para no volverme de piedra cuando apareció, por fin apareció, como un ángel blanco de cabellos rojos, una aparición celestial sonriente, feliz, con una caja de zapatos dentro de una enorme bolsa blanca. Entró y yo quise arrojarme en su seno y llorar, no sé si mi alegría de verla regresar o mi desgracia copa D, pero quería hacerlo, llorar y llorar hasta vaciarme, hasta quedarme seco, pero los empleados seguían aguijoneándome con sus muecas de envidia, por lo que preferí largarme de ahí lo antes posible, escapar de esos ojos tras de los que sin duda era más infinitamente feliz que dentro de los míos.
__—¿De camino a casa tuve que disculparme por esa grosería que no había dicho y que Andrea no había olvidado a pesar de sus zapatos y sus ganas de enseñármelos. Varias veces repetí lo siento al tiempo que trataba de explicarle que yo no había dicho nada sobre los Alpes, que había dicho “niña que”, “no niña de” pero que de todos modos lo sentía y mucho.
__—¿— ¿Cuál es entonces mi nombre apache?
__—¿“Niña que tarda en encontrar zapatos” o una babosada así. Al despedirnos en la esquina de su casa dijo “Pero lo pensaste, eres un grosero”. y se fue, andando con dificultad en los tacones como agujas de sus zapatos nuevos, que ya llevaba puestos; se fue sin saber que yo pensaba en realidad que si ella supiera lo que yo pensaba, hace tiempo que tendría cuernos, uno o dos, unicornio o toro, no sé, uno o dos cuernos del veintisiete y medio.

Eso me recuerda taantas cosas ^^
ResponderSuprimirUna trauma es un trauma ...
Saludos